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| Estany de Banyoles |
Te vi aquel día, en el ascensor, con la cabeza escondida entre los hombros.
Sonriendo al espejo, arreglándote la ropa, atándote el cordón del zapato izquierdo. Diciéndote, esta noche todo va a ir bien. Y justo, cuando pasaban diez minutos exactos, apareciste tú, en medio de la calle. Después del beso de rigor, te escuché hablar de ti, del mundo, de política y ese fue el instante que debí haber congelado. Me pareciste de lo más sexy, te hubiese puesto las manos encima en medio de toda aquella multitud ferviente, ansiando ver a sus ídolos encima del escenario. En lugar de eso, decidimos caminar, hicimos que el sujeto fuera elíptico, incluso te atreviste a cogerme la mano, quizás pensaste que no iba a darme cuenta. Después de un par de citas más, empezamos a introducir otros temas a nuestra vida, empezamos a querer recorrer quilómetros de autopistas de besos en la espalda, o desde tu frente a mi vientre. Empezamos a introducir el arte de la conversación después del sexo. Y a la mañana siguiente, el ritual de oírte entrar en la ducha y esperarte para que me llevaras a casa. Nos hicimos habituales, amantes, amigos complicados. Luego te convertiste en mi placer adulto y ya nunca más te he dejado ir. Ahora participamos en nuestras vidas activamente. Somos como uno en dos. Y qué haría yo sin poder abrazarte durante más de una semana...Que haríamos con todos aquellos besos que nos robamos cada día, sería diferente la luna a tres mil quilómetros de ti...
Cuando te vi aquel día, nadie se hubiese aventurado a decirnos que estaríamos hoy aquí, los dos.
