Con Fede nunca nos enfadábamos. Él me daba abrazos cuando papá y mamá gritaban en casa. Cuando él se fue, se rompió todo. Un pedacito de mi corazón explotó. Los gritos continuaron y las lágrimas se han ido acumulando hasta hoy. Fede siempre me decía que se iba porque se había hecho mayor y era lo indicado. Pero cuando crecí, comprendí que se había ido porque los tapones en las orejas ya no funcionaban, que aguantar la rabia no era la solución indicada. Comprendí que se iba porque los viajes empezaron a hacerse cuesta arriba, que no se podía viajar sin tener que pelear. Que siempre era lo mismo. Que siempre sigue siendo lo mismo.
Fede decía que él quería buscar su camino. Que a veces ser libre significa escapar. Escapar de aquello que nos duele y que aunque sigamos callados la llaga sigue ahí. Decía que ser libre significa ser prisionero de uno mismo, que nunca iba a olvidarme(nos), pero que su llama interior se estaba apagando y quería vivir su vida, sin hacer ruído, sin gritar, sin ahogarse en suspiros. Que sufrir por algo que no había elegido no era el camino que quería seguir.
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Hoy, años después, soy yo la que quisiera escapar. A la que le gustaría tener el valor de despertarse mañana y decidir que quiere un cambio radical en todo. La que quiere prometer que volverá, que seguirá haciendo lo mismo que antes pero que se tomará las cosas de otra manera, con otra visión. A veces, quisiera volverme insensible. Pensar que puedo llegar a cambiar mi mundo...que realmente SI se puede ser libre, sin tener que escapar.
Y mientras, seguía escribiendo absurdas historias de (des)amor en restaurantes, para evadir la mente...