Hace pocos días estaba escribiendo por aquí que tenías ganas de escaparme, que quería cambiar de aires, distraerme un poco. Conocer a gente apasionante, gente como la de los libros, que cuente historias que haya vivido o que se las invente sólo para hacerme reír. Gente a la que se le ilumine los ojos, que se sientan seguros de sí mismos y me transmitan seguridad, que me ayuden a superarme y a caerme y que me den su mano o todo el brazo para ayudar a recuperarme. Supongo que busco a alguien que me apoye en los momentos malos y en los buenos, que cuando esté de bajón o haga un día gris compre entradas para el cine para una peli nostálgica y compartamos palomitas (no importa si no son de colores). Que en los silencios me agarre bien fuerte de la mano y sienta que no debo preocuparme si se cae el mundo a pedazos. Que si fuera llueve nos resguardemos en alguna cafetería y nos tomemos un chocolate bien caliente y nos contemos secretos para no pensar en el frío. Descubrir el por qué de porque no nos habíamos encontrado antes, que estábamos haciendo el veintidós de noviembre del año pasado o preguntarnos flojito porque aún no nos hemos enamorado nunca. Ir a dar una vuelta con el coche y que suene alguna canción con la que compartimos historia. Reírnos de los cotilleos que salen por la tele o de porque en las películas de Las Vegas en las que aparecen largas carreteras nunca hay una área de servicio o el móvil nunca tiene cobertura para llamar y sin embargo cuando tienes más prisa para desaparecer parece que conduzcas a 20km/h.

Hoy vuelvo a estar aquí. En realidad nunca me he ido. En realidad no he encontrado a nadie que haga sentirme ni un poquito como he descrito arriba. Y nadie incluye ¡chicos y chicas!