
Y en medio de la nada apareció él.
Como si hubiese estado esperando un montón de tiempo. Como si supiera el momento exacto en el que debía aparecer. Como si supiese que le iban a esperar. Estaba destinado a enamorarlas, a regalarles flores y puestas de soles. A protegerlas, a cogerles de la mano e intentar no soltarlas.
Ni siquiera sabían su nombre. Aparecía justo cuando un corazón se empezaba a romper. Justo cuando una lágrima se asomaba. Era el típico caballero con capa y espada montado sobre un corcel blanco, que una niña de 6 años pintaría en un dibujo para el colegio, cuando le preguntasen de quien se querría enamorar de mayor. El princípe azul que incluso cuando tienes veinte años sueñas con poder atrapar algún día, que sabes que existe porque los libros te lo han retratado y las películas te lo han mostrado mil y una veces. Que las canciones de amor se escriben por algo.
Él era M A G I A. Era efervescente. Era como el Romeo que toda Julieta quisiera tener. Era abrazos en el sofá. Era caricias por la noche y por la mañana. Era besos dulces con sabor a mandarina en invierno o a sandía en verano. Era esperar horas y horas en la estación de tren, era uno de enero todos los días. Era equinnocios de febrero. Era lunas llenas. Era sonrisas sin pedir explicaciones, era golosinas con forma de corazón. Era miradas perdidas, era llamadas por la noche, era coincidencias. Era todos los besos que estaban escritos, todos los que quedaban por dar. Los que se daban a oscuras, a plena luz del día, en el coche, en una fiesta... era todos los bailes que quedaban por bailar, todas las canciones que faltan por escribir. Aquellas que debían escribirse. Aquellas que Luna escribiría des de su planeta sideral o que Índia compondría guitarra en mano sentada en el tejado para olvidar "sus" malos recuerdos.