lunes, 29 de agosto de 2011

Tu presente no ocupa lugar en mi tiempo.

Respirar.
Ver los cuerpos flotar. El agua cristalina de la piscina. El sol brillando y chocando con mi piel. Intentando que los rayos se cuelen y le den algo de color a mi pálida cara. Para evitar un poco más el bronceado artificial de cuando llega septiembre. Las microgotas que mojan mis pies, la hierba más verde que nunca, la brisa que hace mover mi vestido veraniego, de florecillas. El estampado de moda. Tumbarme boca arriba en la hamaca. Y no dejar de oír el chillido de aquel niño que le pide a su madre un helado. Qué duro el verano para ellas. Y que bien me sienta a mi. Parece que las preocupaciones que sigues acumulando durante el año no se noten tanto. La tranquilidad con la que duermes por las noches, dormir con la ventana abierta y los pies tapados, y la suave transparencia de las sábanas abrazándote. Los viajes en coche con las ventanillas bajadas y las anécdotas de los viajes, que parece que sientan diferente, aunque en el espacio tiempo las ciudades no cambian, si eso, sólo mejoran. 
Luego vuelves a cerrar los ojos y sigues tarareando esa canción que tan poco te gusta "la del verano" pero que has bailado hasta la saciedad en la pista de baile y te maldices por haber perdido los cascos del móvil y por no haberte comprado aquel nuevo que hace días que miras en internet. Con los 8gb de memoria interna. Wow! Una sonrisa se te escapa de la boca, a pesar de que le echas un poco de menos. A pesar, de que parece que él a ti no. ¡Que estúpida te sientes! Pues esta vez las montañas no van a ir hasta Mahoma. 
Respiras más hondo y te imaginas de pie frente al mar, con tus uñas pintadas, el sombrero de paja, tu bikini preferido y un cofre lleno de ilusión y sonrisas por repartir. Y las ganas de bailar entre las sombrillas de colores. 

sábado, 20 de agosto de 2011

And the boys go on an on...

Con Fede nunca nos enfadábamos. Él me daba abrazos cuando papá y mamá gritaban en casa. 
Cuando él se fue, se rompió todo. Un pedacito de mi corazón explotó. Los gritos continuaron y las lágrimas se han ido acumulando hasta hoy. Fede siempre me decía que se iba porque se había hecho mayor y era lo indicado. Pero cuando crecí, comprendí que se había ido porque los tapones en las orejas ya no funcionaban, que aguantar la rabia no era la solución indicada. Comprendí que se iba porque los viajes empezaron a hacerse cuesta arriba, que no se podía viajar sin tener que pelear. Que siempre era lo mismo. Que siempre sigue siendo lo mismo. 
Fede decía que él quería buscar su camino. Que a veces ser libre significa escapar. Escapar de aquello que nos duele y que aunque sigamos callados la llaga sigue ahí. Decía que ser libre significa ser prisionero de uno mismo, que nunca iba a olvidarme(nos), pero que su llama interior se estaba apagando y quería vivir su vida, sin hacer ruído, sin gritar, sin ahogarse en suspiros. Que sufrir por algo que no había elegido no era el camino que quería seguir. 
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Hoy, años después, soy yo la que quisiera escapar. A la que le gustaría tener el valor de despertarse mañana y decidir que quiere un cambio radical en todo. La que quiere prometer que volverá, que seguirá haciendo lo mismo que antes pero que se tomará las cosas de otra manera, con otra visión.  A veces, quisiera volverme insensible. Pensar que puedo llegar a cambiar mi mundo...que realmente SI se puede ser libre, sin tener que escapar. 

Y mientras, seguía escribiendo absurdas historias de (des)amor en restaurantes, para evadir la mente...